Chernobylite, sobrevivir al silencio

Ayelén Zabaleta

Tiempo de lectura: 6 minutos

“Los objetos y las personas se desplazan, pero no parecen reales, como si fueran fantasmas”.

Un plato como registro de una comida que no se llegó a terminar. Las hojas de los libros esparcidas en el suelo de una escuela por la que alguna vez pasaron cientos de niños. Las camas desarmadas, los autos congelados en el tiempo, la naturaleza que avanza frente a las construcciones. Las ciudades abandonadas son, antes que nada, el registro de una historia atravesada por una tragedia, por una mala decisión, por el clima desafiante, por un error de cálculo, por expectativas que se alejaron de la realidad.

Las ciudades abandonadas tienen el peso del registro del momento que queda congelado en la desesperación de la huída. La humanidad retirada que da paso a una naturaleza desesperada por ganar terreno. 100 o 40 años. Es difícil precisar la última vez que reinó el hombre. Como si el paso del tiempo dejara de regirse por las leyes establecidas. Porque en ese no-lugar la degradación toma otra velocidad y se combina con lo salvaje, lo impredecible, que reclama el lugar que le fue arrebatado. 

La espectacularidad de las estructuras convive con el detalle de la multiplicidad de historias contenidas. Cada objeto es un destello de lo que pudo ser, con la sombra del futuro que se vio interrumpido. Es la manifestación del fin de los tiempos, una mirada minúscula de lo que podría ser si todo se viera suspendido en un arrebato furioso.

En ese universo de ruinas, Prípiat es la reina y Chernóbil es su palacio. Pegamos un salto en el tiempo y Chernobylite nos presenta a Igor Khymynuk, un científico que vuelve al lugar que vio destruirse. ¿Qué lo empuja a ese retorno? Intentar saber qué pasó con Tatyana, su mujer, quien también trabajaba en la planta nuclear y desapareció en medio de la tragedia. En esa búsqueda se encuentra con un material exótico, la chernobilita, que funciona como una fuente de energía para un generador de portales, el cual produce un túnel que permite el paso entre dos lugares o dos momentos. La «calma» de la instrucción, donde el objetivo de conseguir ese material extraño parece ser bastante simple, se ve sacudida por la aparición del Stalker Negro, el personaje que invita a redefinir toda la dinámica. Ya no estamos ante el juego que creíamos. 

“Y la Tierra volverá a ser salvaje, cruenta, primitiva, enemiga”.

La búsqueda se transforma en supervivencia. El protagonista, junto a un soldado que sobrevive al ataque del Stalker Negro, se tiene que recluir en una base, la cual será el espacio al que siempre vamos a volver después de cumplir una misión y desde donde se tiene que repensar el ataque. Chernobylite nos va a poner de frente con la multiplicidad de condiciones cambiantes que tenemos que atender: el equipamiento de los ayudantes que reclutemos, las condiciones de un contexto en el que la radiación va en aumento, el clima incontrolable, la presencia de soldados enemigos de una organización llamada NAR y sombras sobrenaturales que nos atacan, la salud mental de quienes convivan en la base que son “solo unas personas desesperadas adentrándose en las tinieblas”. 

Uno se adentra en cada sector del mapa con una estrategia predefinida que queda aplastada por la inmensidad de un entorno que se presenta como hiperrealista. La sensación es de asfixia. La tensión ante las amenazas se ven intensificadas por el chillido de un detector de radiación que sin aviso se dispara. La necesidad de usar una máscara para protegerse te enfrenta con la propia respiración en primer plano. Y uno se siente atrapado en ese túnel que desemboca en lo desconocido. ¿Cómo se sentirá caminar por un espacio rodeado de ruinas y abandono? ¿Cómo se lidia con un lugar en el que solo caminar implica el peligro de la exposición? ¿La respiración que escucho podría ser también mi respiración si me tocara estar ahí? ¿Por qué el silencio es tan abrumador?

“Soy lo único definitivo en la porción de memoria que he destinado a tu persona”.

Cuando se dispersa la niebla y se silencia la respiración, lo que aparece detrás de Chernobylite es una historia de amor. Lo que motiva al personaje y a uno mismo en última instancia es descubrir qué pasó con la mujer que amaba. En medio del desastre y la catástrofe, de la necesidad de supervivencia y la exigencia de estrategia, el amor aparece como la fuerza más aplanadora. En un juego en el que cada decisión puede cambiar el desarrollo de la partida, siempre hay un momento de duda. ¿Sobrevivir es más importante que la verdad, que resolver ese misterio que lo siguió durante todo ese tiempo?

Desde que el personaje llega a la ciudad la voz de Tatyana está presente para guiar, aconsejar o prevenir. Y también desde el inicio está presente la pregunta: ¿La escucha realmente? ¿Es su propia mente o la fuerza sobrenatural la alcanzó también a ella? Como en una ciudad abandonada cada objeto es un fragmento de lo que fue, su voz es un ancla a un recuerdo de la relación que ya no está. Cada pantalla de carga se convierte en un instante para verla a ella como antes, rodeada de una ciudad viva.

En este título hay una dinámica de la repetición que puede mirarse desde dos aspectos. Desde lo puramente mecánico puede ser cansador: volver a escapar exactamente de la misma manera de tus capturas si un soldado de NAR te atrapa, volver al mismo territorio para recolectar recursos. Desde la narrativa se vuelve fundamental. Cada día empieza y termina con una misión. Despertar en la base nos enfrenta con la realidad de volver a incursionar en un territorio donde la contaminación avanzó como consecuencia de la chernobilita. Las sombras que genera aparecen con más intensidad a nuestro alrededor. El sigilo, el silencio, la sutileza y la estrategia se vuelven cada vez más fundamentales. La cordura se vuelve un factor de juego imprescindible. 

Morir en Chernobylite es atravesar un nuevo túnel. Y otra vez la voz de Tatyana que nos guía para recorrer las decisiones pasadas con la posibilidad de tomar nuevas definiciones. Pero cada modificación puede impactar en el presente de los personajes. El pasado y el futuro están en constante disputa. El recuerdo de ella, el recuerdo de la catástrofe, el recuerdo de la ciudad viva. Ahí está la principal fortaleza del título y lo que hace que sea imposible ser indiferente ante lo que propone: no hay linealidad, es avasallante. Cada nuevo día se siente menos libre. Como la naturaleza que avanza en una zona abandonada, la fuerza del juego está en lo caótico, en lo dinámico y lo impredecible. La historia individual es la excusa y la representación. No estamos viviendo solo la historia de Igor, estamos atravesando la historia (ficcional o no) de una ciudad entrecruzada por pluralidad de destinos. 

[Citas de los subtítulos: Mattotti, L. y Giandelli, G. (2005) Después del diluvio. En Mattotti, L., Ambrosi, L. y Giandelli, G. (Eds.), Cartas de una época remota.]


Ayelén Zabaleta

Eterna estudiante de Comunicación Social sin título. Militante de los open world games y el pop.

@coquitos_