Narita Boy fusiona dos conceptos inoxidables de la cultura pop

Un plataformero que me llevó a un montón de situaciones conocidas, y aún así lo disfruté

Patricio Casella

Cuando hago una superficial clasificación sobre el presente y futuro de los videojuegos, siempre se me vienen a la mente dos aristas bien marcadas.

Por un lado, los estudios que tienen al realismo como norte, con producciones que intentan acercarse cada vez más a ficciones televisivas, tanto desde lo audiovisual como el desarrollo argumental. En otra cara de la moneda, ubico a todas esas aventuras indie que optimizan el puñado de recursos que manejan para lograr notables experiencias.

Esta diferenciación es bastante llana y deja afuera a un montón de exponentes, pero separo las aguas del mar de videojuegos en estas dos vertientes para entender hacia dónde creo yo que se perfila el grueso de la industria. Hay desarrolladoras que buscan estar a la vanguardia de los avances técnicos y audiovisuales, con superproducciones millonarias que acaparan la atención de los grandes medios y de un amplio sector de los gamers. Basta con nombrar a los exclusivos de Sony (God of War, Spider-Man, The Last of Us) para tener ejemplos claros.

Pero en la otra orilla tenemos una enorme cantidad de producciones —muchas de ellas pasando completamente desapercibidas— que no deslumbran por su portento, sino por lo atractivo de sus mecánicas, lo original de sus propuestas y el ingenio con el que logran reinventar conceptos ya conocidos para conseguir una identidad propia.

Haciendo énfasis en la segunda clasificación, si hay algo que me llama la atención es cómo muchas de estas IP tienen al pixel art como bandera y cómo bajo ese impacto visual buscan su propia identidad para destacarse.

Narita Boy, desarrollado por los españoles de Studio Koba, parece otro plataformero 2D más con estética retrofuturista y un detallado trabajo de pixel art. Sin embargo, los primeros compases, y a posteriori las primeras horas de la aventura, me dieron la pauta de que este estilo artístico se fusiona de lleno con otro monumento a la cultura pop: la década de los ‘80 y todo lo que eso involucra.

La década de los ‘80 es, al día de la fecha, una fuente inagotable de historias, pero también es una época marcada por conceptos y aristas que se ven retroalimentadas constantemente. Desde sus mecánicas, los elementos de su universo, las constantes referencias y su premisa argumental, Narita Boy es un himno a una época que marcó a fuego a millones de personas.

El título de la aventura hace referencia a un popular juego llamado Narita Boy, el único título de la consola Narita One, creada por un desarrollador de videojuegos que desapareció misteriosamente. Una noche, el protagonista de esta historia es absorbido por el videojuego y transportado automáticamente a este mundo digital. Rápidamente yace sobre nuestros hombros la responsabilidad de salvar a este universo, infestado por una corrupción comandada por “Him”, que poco a poco está destruyendo la vida como se conoce en esta región.

La historia, que comienza de forma bastante críptica, se irá develando a medida que vayamos explorando este “Reino Digital” y desbloqueemos las Memorias del Creador, una serie de archivos audiovisuales que nos narran toda la vida del responsable de este videojuego, su tortuoso camino y el por qué de la creación de este peculiar universo. A su vez, estas memorias son un componente clave en la erradicación del mal, así que la narrativa acompaña de forma progresiva nuestro avance en la aventura.

Poco a poco iremos resolviendo este rompecabezas argumental con el cual es imposible no sentir empatía, porque se nutre de todos esos elementos de la cultura pop que tanto amamos y que acá se fusionan en un baño de referencias y momentos.

Si la narrativa de Narita Boy y todo lo que engloba su universo me pega tan de lleno es principalmente por ese sabor a nostalgia que se puede percibir en cada uno de sus elementos, para nada librados al azar, y que constantemente me retrotraen a momentos pasados de mi vida. Así como las “Memorias del creador” que vamos encontrando obligatoriamente en el progreso de la aventura funcionan para descifrar el pasado de uno de los personajes del juego, la implementación de diversos objetos, frases y mecánicas son un paralelismo exquisito para hacer un camino por todas esas cosas que me marcaron durante la niñez y la adolescencia.

Por ejemplo, el protagonista tiene como arma principal la Tecno-Espada, con poses que son un calco a He-Man, además el “Reino Digital” está embebido por una fuerza mágica denominada Tricroma — hola Zelda. Eso es solo la punta del iceberg de estas referencias, las cuales también se ven marcadas en la ambientación del juego; las luces de neón, los diskettes y ese aroma a Blade Runner invaden cada región.

La epopeya del héroe, la adversidad del camino, la exploración de un mundo fantástico y volvernos más fuertes ante cada desafío que atravesamos son los ejes de este título que, como le sucede al protagonista, rápidamente logró absorberme para disfrutar sus casi 10 horas de duración.

No quiero adelantar mucho más de la trama en estos párrafos porque tiene algunas vueltas de tuerca y un último tramo con bastantes sorpresitas. Insisto, nada de lo que vemos en Narita Boy brota de originalidad, pero aún así te atrapa, querés saber más sobre este reino digital y todos los secretos que abundan en sus rincones.

En sus mecánicas, Narita Boy mantiene una estructura bastante lineal y también es un reflejo acorde a las aventuras de los ‘80 y ‘90. A medida que exploramos el Reino Digital, desbloquearemos nuevas habilidades para mejorar tanto el desplazamiento del protagonista como su abanico de técnicas con el uso de la Tecno-Espada y algunos accesorios (como una bella y potente escopeta).

El combate está segmentado en zonas puntuales en donde la cámara se bloquea y los enemigos empiezan a emerger. Lo lindo de esta vertiente es que, si bien el protagonista no tiene un prontuario de técnicas abultado, el bestiario de criaturas cibernéticas es amplio y cada uno tiene patrones bien marcados o diferentes estrategias defensivas. Esto se complementa con la rápida respuesta de los controles, por lo que con un poco de práctica nos vamos a volver una máquina de atacar, esquivar y contraatacar.

Lo que más me llevó de esta arista son los enfrentamientos con los bosses. Enemigos finamente diseñados, cada uno una experiencia en sí misma; todo un logro cuando  consideramos la presencia de más de 15 peleas de este tipo.

Hay muchas secuencias plataformeras (con un nivel de precisión muy exigente por momentos) y varias zonas con momentos “únicos” que no se vuelven a repetir. Y así como Narita Boy idealiza mucho de esta época de oro, también se nutre de algunos vicios propios de esos tiempos, en los que la excesiva dificultad era una barrera impuesta de forma agresiva para extender la vida útil de los mismos.

Hubo una parte del juego bastante particular que me rememoró lo frustrantes que eran algunos títulos que disfruté en mi niñez. En esta zona estamos sobre el lomo de una criatura digital y tenemos que ir superando obstáculos y embistiendo enemigos. Hasta ahí, todo bien. Pero dicha área maneja un nivel de dificultad tan absurdo que por un momento pensé en abandonar el juego. Una precisión casi milimétrica para no perder vida y salir airoso de un escenario que tiene alrededor de tres minutos de duración y ningún checkpoint en el medio. Esta secuencia es un oasis dentro de la experiencia general, porque si bien hay otros momentos de exigente dificultad, ninguno de ellos maneja este nivel de absurdo. De hecho, estoy seguro que es imposible atravesar esa área sin recibir al menos un poco de daño.

Al margen de este detalle, Narita Boy es una de esas lindas sorpresas en un 2021 que, por ahora, nos dio poco en materia de videojuegos. Lo notable de Studio Koba es cómo logra agarrar aspectos súper conocidos para crear, sin buscar inventar la pólvora, una mágica propuesta.

Después de terminarlo, me dejó pensando en cómo todavía una gran cantidad de juegos (y otras producciones audiovisuales) se apoyan en los cimientos de esta época como punto de partida. Una década que, desde los videojuegos, marcó un cambio de paradigma y lo transformó en un fenómeno mundial, pero que en la impronta cultural es una fuente inagotable que nadie está dispuesto a soltar. Y lo celebro.


Patricio Casella

Periodista. Criado a base de Survival Horror, RPG y juegos indie. Co-fundador de Geeky. Siempre en la búsqueda de nuevos desafíos.

@casellapato