Oddworld, sacrificando por un sueño

por Jose Luis Araneo

Tiempo de lectura: 11 minutos

Hace un par de años, uno de mis amigos me recomendó Oddworld: New n Tasty. Me habló con tanto entusiasmo de este remake que eventualmente lo compré en alguna oferta, pero pasó mucho tiempo antes de que lo probara. Cuando finalmente lo hice, me topé con imágenes que me demolieron por completo y me fascinaron, no tanto por la realización (increíble para la época), sino por su contenido simbólico.

La cinemática que da inicio a esta odisea abre con una cámara que muestra un complejo industrial inmenso, lleno de maquinaria y empleados que trabajan con toneladas de carne. Mientras tanto, el protagonista de esta historia se presenta: su nombre es Abe, pertenece a la especie Mudokon y era un empleado/esclavo del lugar.

Para su desgracia, mientras está trabajando descubre que la empresa está proyectando pérdidas en sus ganancias y los Glukkons, autoridades de la compañía, deciden tomar medidas al respecto. Estos CEOs con habanos, trajes y corbatas creen que la mejor opción es convertir a todos sus empleados en carne para su próxima línea de comida. Solo así lograrán aumentar sus ventas y generar una suba en sus balances.

Abe espía la reunión y, mientras observa horrorizado, decide escapar de ese lugar con todos sus pares. No será una misión sencilla, pero él no puede quedarse viendo como el resto de los Mudokons son procesados y convertidos en alimento como si fueran ganado. Esta es la premisa que dispara la acción de una saga con múltiples secuelas y, sinceramente, pensé que la propuesta iba a quedar en eso, pero a medida que avanzaba el juego, la historia va profundizando en ideas muy revolucionarias para la época.

Cada uno de los títulos que componen esta saga arrancan como simples plataformeros (a lo Banjo-Kazooie) con algunos toques de aventuras cinematográficas (como Another World o Flashpoint). Pero detrás de las mecánicas típicas de un Collect-a-thons hay críticas al modelo económico en el que vivimos. No es una casualidad las palabras con las que arranqué describiendo la cinemática inicial; cada uno de los términos que delizo son formas en las que sus desarrolladores exploran las falencias de la sociedad en la que habitan.

Mi intención no es contar todo lo que sucede en Oddworld, más bien quiero mostrarles cómo esta franquicia es una representación de ciertas conductas que los humanos tenemos en el presente. Las dinámicas que mantienen los personajes de esta saga están mostrando —de alguna manera— diferentes aspectos de la forma en que nos vinculamos con lo que tenemos a nuestro alrededor.

Soy consciente de que estoy haciendo un planteo ambicioso, por eso necesito recurrir a ciertos conceptos del campo de las humanidades para lograr justificar mis palabras. Estoy hablando de ideas provenientes de lo que se llama “autores posmodernos”, entre los que podríamos ubicar a Derrida, Agamben, Esposito y muchos otros/as más.

Estos escritores centraron sus investigaciones en la comprensión de la “alteridad”, un concepto filosófico utilizado para hacer referencia a una construcción abstracta de lo extraño, ajeno y distinto. Según el mismo Derrida, es tal su interés por la cuestión que ahora el curso de la reflexión filosófica de nuestro tiempo apunta “[…] hacia otro pensamiento de la ética, de la responsabilidad, de la justicia, del Estado, etc., hacia otro pensamiento del otro.” (Oligarquías: Nombrar, Enumerar, Contar; pág. 14)

Y justamente sobre este autor creo que podemos encontrar las cuestiones más interesantes para abordar el escenario que presenta el mundo de Abe. Sus libros y artículos están dedicados a reflexionar sobre las formas en que la humanidad genera relaciones con todo lo que la rodea. Estas investigaciones apuntan a establecer que, en líneas generales, la forma de vinculación más establecida es la de la dominación de la alteridad.

Históricamente, los humanos nos hemos creído dueños del Otro y no dudamos en ejercer poder sobre él. Todo lo que está a nuestro alrededor es considerado un recurso y como tal está disponible para nuestro uso. Somos el soberano frente a la bestia que es el resto y eso nos da el poder de “adoptar la forma del estar-por-encima-de-las-leyes y, por consiguiente, la forma de la Ley misma.” (Derrida, Seminario La Bestia y el Soberano; pág. 36). Nosotros elegimos qué se debe preservar, modificar o destruir sin necesidad de justificar estas acciones. Gozamos de la impunidad propia de un jerarca, más precisamente la de un rey loco.

Es difícil ubicar el momento preciso en que nos autoproclamamos dueños del universo, pero sí resulta sencillo ver las consecuencias de ese suceso. Sin alejarnos demasiado, se puede relacionar la extinción masiva de especies con la deforestación de bosques para beneficio de terratenientes. Esto lleva al inminente cambio climático por las modificaciones de los ecosistemas y de ahí solo hay un pequeño salto para las pandemias de origen animal por el desplazamiento de especies a zonas pobladas. Como estos ejemplos podemos pensar varios casos similares, pero todos nos llevarán a la misma idea.

Ser los soberanos de todo nos hace convertir a los ecosistemas en cosas que están a la disposición de quien desee tomarlos. No importa cuáles son los daños que se generan, lo único relevante es el objetivo. Se sacrifica el entorno y la vida entera queda como un medio para otro fin. 

Todo lo que nos rodea es desechable, ni siquiera es una herramienta sino la materia prima de las ambiciones que tengamos. Y acá es donde podemos ver las primeras coincidencias entre el mundo de Abe y el nuestro.

En Oddworld, los inmensos complejos industriales procesan animales, plantas y muchas otras formas de vida. Las extrañas especies de este mundo son capturadas, obligadas a vivir en cautiverio y llevadas a los mataderos. La situación en la que se encuentran estos seres cambia su comportamiento y su fisonomía. Son el ganado de este mundo y como tal su destino es llenar los platos de otras especies.

Y lo mismo sucede con el resto de la naturaleza; estos grandes complejos industriales se expanden deforestando y contaminando la atmósfera con los desechos que lanzan. El paisaje se transforma y el verde de las plantas se cambia por el marrón, plateado y negro de las máquinas que componen toda la cadena de producción.

Todo se modifica a gusto de un puñado de seres que extraen lo que necesitan del ambiente y lo procesan para hacer otros productos. Precisamente esta actitud es la que vemos también en nuestra realidad; no es difícil relacionar hechos como los incendios forestales con la necesidad de generar nuevas tierras para el cultivo. Incluso no es difícil reemplazar las granjas de Rupture Farms con los mega complejos de cerdos que se quieren instalar en la Argentina.

En el mundo de Oddworld y en el nuestro, los CEOs juegan a ser los dueños de la existencia mientras sueñan amasar el dinero suficiente para solventar su retiro. Pero las coincidencias no se terminan ahí, porque la dominación del otro no es solo hacia el exterior. 

Muchas veces, la apropiación y cosificación también sucede entre pares. Las personas también nos convertimos en el medio para un fin, a veces por presión externa, y otras por influencia de nosotros mismos mediante discursos minimizadores del sufrimiento propio. El ejemplo más evidente de ese fenómeno es la esclavitud, donde otras personas son consideradas simples bestias. Sin embargo, esta lógica también se encuentra presente en los discursos que justifican la explotación laboral o los salarios de miseria.

Desde aquí, se hace fácil ver que los Glukkons son un reflejo del empresariado capitalista que nosotros conocemos en la realidad. Estos seres esclavizan a las poblaciones del planeta para hacer lo que ellos deseen. Las hacen trabajar en condiciones miserables, las maltratan, vigilan en cada momento y las reducen a seres de categoría inferior.

Los Mudokons ocupan un lugar análogo al nuestro: habitan los complejos industriales, limpiando la sangre de las máquinas y de sus compañeros muertos en accidentes. Acostumbrados a vivir así, no se conmueven ante el horror que tienen a su alrededor y agradecen poder hacer estas tareas.

Están totalmente alienados, presos del sistema, y no conocen otra realidad. Incluso aquellos que tienen mejores condiciones están acechados por guardias que los maltratan constantemente. Tal vez no representen la situación de quien lee este texto, pero sí de múltiples personas que sufren condiciones de vida deplorables. Sin ir muy lejos en el tiempo, hace unas semanas Jeff Bezos viajó al espacio mientras los trabajadores de Amazon denunciaban que los hacían orinar en botellas para que no salgan de sus puestos de trabajo.

Queda claro que Oddworld es un mundo lleno de paralelismos con el nuestro. Por detrás de la caricatura, los desarrolladores tienen claras ideas sobre las relaciones predatorias que conforman al sistema en el que vivimos actualmente, pero no se quedan en el lado negativo y exploran otras alternativas a estos modos de vinculación.

A lo largo de las varias entregas que conforman la franquicia, sus creadores van profundizando en formas de relación más amables y respetuosas que se pueden encontrar en el resto de la existencia. Porque, además de los Mudokons esclavos, quedan algunos pocos que aún están en libertad.

Son tribus que viven una existencia pacífica y sustentable, que respetan el área en que se establecen. En vez de fábricas contaminantes tienen sus propios métodos de producción, los cuales no dañan permanentemente el ambiente, y su alimentación no requiere grandes masacres de seres vivos. Reemplazan los grandes mataderos con pequeñas granjas suficientes para alimentar a sus tribus. No hay complejos industriales expulsando contaminantes, pero esto tampoco significa que renuncien a las invenciones que facilitan el trabajo, como molinos, el uso de vehículos, etc.

Los habitantes de estas comunidades no dejan de modificar el ambiente, aunque lo hacen de una manera consciente, respetando a esos otros que están ahí. Su estilo de vida no consiste en capturar animales salvajes y llevarlos a centros de procesamiento. Ellos ven estas formas de vida y las tratan con respeto, incluso venerándolas, por más que muchas sean letales en entornos salvajes. Es por ello que construyen santuarios, los cuales funcionan como una especie de reserva natural para estos seres.

Al igual que en los complejos industriales, las tribus cuentan con jerarquías. No obstante, estas no oprimen a sus pares. Serán poblaciones pequeñas, pero entienden que su forma de organización no debe ser como la de los esclavistas. Por ejemplo, tienen líderes espirituales que ofrecen consejo, pero las decisiones son tomadas en conjunto. Aunque la misma narrativa de la aventura presenta a Abe como un salvador, queda claro que su especie no tolera la idea de “salvarse solo” e incluso el protagonista busca tomar decisiones considerando a los otros.

Volviendo a Derrida, resulta adecuado pensar que los Mudokon renuncian a la manera soberana de existencia.  Ellos practican lo que el autor denomina como “hospitalidad”: “[…] saludo de bienvenida concedido de antemano a la absoluta sorpresa del arribante, a quien no se pedirá contrapartida, ni comprometerse según los contratos domésticos de ninguna potencia de acogida (familia, Estado, nación, territorio, suelo o sangre, lengua, cultura en general, humanidad misma) […].” (Espectros de Marx; pág. 79). En vez de apropiarse de la alteridad coexisten con ella, entendiendo la diferencia y respetándola como tal. Eligieron una vida que no depreda al resto, sino que les dan la bienvenida.

La existencia de estas comunidades es una forma de presentar una posibilidad para nuestro mundo. Si estas especies pueden crear una forma de relacionarse que no domine a sus pares, entonces también es un rumbo posible para nosotros. Pero este cambio no implica abandonar quienes somos, sino descubrir la parte más ficcional de nuestra forma de vida.

Hay muchas razones para entender qué es lo que hace que los mataderos sigan funcionando y los esclavos sigan trabajando, pero una de ellas es que estos últimos creen que esa es la única forma de vida posible. El mismo protagonista de la historia creía el relato de sus amos y decía: “Solía trabajar acá [en Rupture Farms]. Bueno, en realidad era un esclavo como todos los demás”, mostrando en tan solo una línea que es difícil salir de esa posición.

El encanto de la saga Oddworld es que su representación exagerada y retorcida nos horroriza, mostrando las peores características del sistema. Al asustarnos con nuestra imagen, nos da la posibilidad de ver algo más, una nueva forma de vida que no cae en la simplificación. No se trata del clásico discurso que apunta a tener la huerta propia, es una propuesta para que nuestra forma de vida cambie y que habitemos el mundo de otra manera.

Abe fue capaz de mirar la verdad y evitar que sus pares sean sacrificados, ¿nosotros seremos capaces de evitar la catástrofe que tenemos delante o vamos a elegir creer que la vida que tenemos es la única posible?


Jose Luis Araneo

Estudiante de filosofía, habitante del conurbano y amante de todo lo que no genere plata. A veces escribo, otras veces solo pienso.

@papinguii