Análisis | Remothered: Broken Porcelain

Un juego de terror que no asusta

Yesica Puga

Cuando era chica, un amigo vendió su PlayStation por la nueva Dreamcast, que prometía revolucionar el gaming con sus divertidísimos juegos. Lo envidié bastante, porque mi Play la había comprado con mis ahorros a duras penas, mientras que él iba ya por su cuarta consola. Al rato se me pasó cuando me visitó y me regaló todos esos juegos que no había podido vender. Entre esa colección, habían dos que tenía prohibidísimos: Resident Evil y Silent Hill. Recuerdo que los tuve que jugar a escondidas y también recuerdo la cantidad de noches que me dejaron sin dormir. Y es un poco mi relación constante con el género de terror, venga en el envase que venga. Una fascinación por esas historias y un miedo aún mayor. No soy valiente: me gusta pasarla mal solamente.

Mi regla es simple: si lo puedo matar, no me asusta. Pero mientras más misteriosa sea la historia y más espíritus tenga, más terror le tengo. Creo que eso es lo que hace a una buena historia de miedo. La sutileza para volver extraño lo cotidiano, la atmósfera terrorífica siempre presente que te mantiene alerta, la sensación de peligro latente. Y si bien Remothered: Broken Porcelain cuenta con una historia intrigante y una muy buena banda sonora que se esfuerza por ambientar cada escena, falla en el factor más primordial de las historias de terror: no asusta.

La secuela (y a la vez precuela) de Remothered: Tormented Fathers, el celebrado juego de terror de 2018 de Stormind Games, nos pone en los zapatos de Jennifer, una joven empleada doméstica con un pasado misterioso que se ve obligada a escapar del acecho de sus colegas en la residencia Ashmann. A su vez, Rosemary Reed regresa en esta entrega para buscar respuestas acerca del paradero de Celeste Felton.

Es un juego con foco en el sigilo, en el que a menudo nuestra tarea principal consiste en escapar de diversas amenazas, y por ello capaz lo más frustrante de este juego viene de la dificultad para manipular al personaje principal. Escapar por momentos se vuelve imposible, recuperarse de golpes en medio de peleas implica una animación tan lenta que deja a nuestra protagonista a la merced de recibir aún más golpes, y cuando nuestra única salvación consiste en escondernos en un armario, generalmente el botón para realizar la acción no funciona.

Como todo Survival Horror, el juego te da ítems que sirven de distracción para huir de los enemigos, pero no tuve necesidad de usarlos en toda mi partida. Correr un rato hasta que el enemigo pierda el interés en perseguirte suele ser la única forma viable de sacarte enemigos de encima. La otra, que consiste en atacarlos por detrás, se vuelve prácticamente imposible de ejecutar entre la lentitud de los movimientos de Jennifer y la aparición del botón para atacar sigilosamente. Para cuando logras hacerlo, el enemigo ya fue al baño, se hizo un café y te mató.

También contamos con un sistema de upgrades que utiliza las llamadas “llaves de polilla” para adquirir y mejorar diversas habilidades. Sin embargo, las llaves son recurrentes mientras que sólo encontré dos veces en mi partida las estaciones para upgradear. Por último, Jennifer cuenta con la habilidad de trasladar su conciencia a polillas que atacan o distraen enemigos. Este poder especial es tan difícil de manejar que si el juego no me obligaba a usarlo en determinadas secciones nunca lo hubiese tocado. La mayoría de las veces terminaba atrapada en paredes para luego lograr encaminarme y que el temporizador del poder se agotara cuando estaba a mitad de camino.

La frustración por momentos se vuelve tan grande que hace que pierdas el interés en la historia que propone el juego, que ya de por sí es todo un desafío seguir. Las cinemáticas son hermosas, con un muy buen nivel en la animación de rostros. La relación entre Jennifer y su amiga Lynn es uno de los puntos altos de este título. Sin embargo, muchas de estas bellísimas escenas terminan arruinadas, insertadas en una estructura narrativa confusa con saltos temporales incongruentes entre sí. Saber qué tenemos que hacer también se convierte en un juego de adivinanzas cuando los objetivos muchas veces se disparan luego de haberlos completado de casualidad.

Los buenos juegos de terror pueden contarse con dos manos, una sola si tomamos aquellos que son excelentes. Es un desafío. Una buena historia de terror no depende sólo de jumpscares al infinito ni de gore sin sentido, sino que es resultado de una combinación perfecta de elementos que intriguen al jugador lo suficiente para motivarlo a seguir, por más que quiera dar todo por poder dejar eternamente al protagonista en el lugar más seguro del universo gamer: detrás de una silla.

Cuando jugué el primer Resident Evil estuve meses sin poder ir a la cocina de mi casa sin prender todas las luces en el camino. Hasta el día de hoy, cuando tengo que pasar por un pasillo oscuro, apuro el paso imaginando que van a salir zombies de la nada, aunque sea un pensamiento ridículo. El célebre teaser jugable de Silent Hills, P.T., no me dejaba dar más de dos pasos sin tener que pausar para calmarme. Pero siempre necesité seguir esas historias, saber qué sucedía hasta el final, aún cuando el miedo que me daban era y es enorme.

El mayor terror de Remothered: Broken Porcelain viene de los glitches habituales que te obligan a tener que reiniciar el juego o directamente te ahorran un paso y lo crashean por vos. Tampoco nos da nada nuevo, sino que explota tropes del género demasiados conocidos. El juego es una gran persecución donde lo único que cambia es quién te está acosando en ese momento. El stress al jugador viene dado por los controles que no responden cuando más los necesitas. No asusta, no genera intriga y hace mucho para desmotivarte a llegar al final de la historia. Es realmente desafortunado que el nombre de esta nueva entrega haya sido un mal presagio de lo roto que está el juego, que hace que la experiencia sea más frustrante que espeluznante.


Yesica Puga

Comunicadora especializada en publicidad y periodismo, host y podcaster de videojuegos.

@yesroth