Subnautica Below Zero, no sé si quiero tanta libertad

Germán Raffo

Tiempo de lectura: 6 minutos

Desde que tengo memoria desdeño las secciones acuáticas en los videojuegos. Ya sean títulos que transcurren cien por ciento debajo del agua como Ariel the Little Mermaid o Ecco the Dolphin; o incluso otros que sólo tienen algunos pasajes, como Kingdom Hearts o algún que otro Tomb Raider. Todos han sido, de una manera u otra, estresantes y han sabido dejarme un reflejo casi instintivo para evitar las producciones que tengan algo que ver con moverse en aguas profundas. Esto siempre tiene que ver con los controles—los cuales pueden volverse confusos por culpa de algún ángulo de cámara que desorienta los movimientos del personaje, por ejemplo—, la desesperación y, no sé si menos importante, mi temor por todo lo que pasa en el mar, más allá de lo que se ve desde la superficie.

Mirar el mar de noche y escuchar toda su masa moverse y golpearse contra sí puede parecer una experiencia relajante y para algunos efectivamente puede serlo. Sin embargo, desde pequeño para mi resulta inquietante e incómodo, tanto como intentar mirar el cielo nocturno y no sentirse diminuto ante algo que no tiene límite o—incluso peor—ante algo cuyo límite es un interrogante. Y a pesar de que la masa oceánica es finita y está contenida y delimitada por la misma tierra, en la profundidad del océano todo es oscuro y frío, como debería serlo en el espacio. Por lo tanto, en esa oscuridad nacen todavía más interrogantes.

Es que el mar es inmensidad. La inmensidad es desconocimiento, oscuridad y, probablemente, también es muerte. Esto último asumiendo que la “infinidad” (léase un océano, el desierto o el mismo espacio) es un terreno hostil y casi inexplorado en el cual las probabilidades de sobrevivir son prácticamente nulas. Sin embargo, en los videojuegos esto es una invitación para crear mundos imaginarios, biomas inexistentes cuya flora y fauna no responden a lo que se puede ver en la superficie, sino que buscan representar eso que hay en el fondo, en lo apenas visible y en lo que traspasa la vida. Y Subnautica Below Zero hace muy bien eso. Tan bien como para hacerme llegar al punto en el que he tenido que parar en busca de un respiro, para dejar la opresión del fondo del mar y recorrer tierras en las que me siento más seguro.

Incluso a sabiendas de mi reticencia para con los juegos/niveles acuáticos, lo que me llamó la atención del título de Unknown Worlds Entertainment fue la posibilidad de sumergirme en el fondo de un océano, uno que no puede hacerme daño en la vida real, uno en el que aquello que no conozco, probablemente peligroso e inmensurable,  es una excusa para adentrarme en su mundo y no para huir de él. En un juego de supervivencia esa es la clave. Adentrarse, explorar, perderse, morir, perderse otra vez y—con suerte—sobrevivir. Ese fue mi mantra durante un largo puñado de horas en el planeta 4546B.

Subnautica Below Zero nos pone en las patas de rana de Robin Ayou, una investigadora cuyo objetivo es encontrar respuestas sobre la desaparición de su hermana y su grupo de investigación en el gélido astro. Lamentablemente, nunca pude saber mucho más. Principalmente porque si hay algo que el título no hizo fue llevarme de la mano. Todo lo contrario, intencionalmente me dejó a la deriva, sin saber qué hacer o a dónde ir. Si ya cargo con el peso de estar haciendo un esfuerzo para poder atravesar una experiencia que transcurre casi siempre en las oscuras profundidades, necesito que este sea más condescendiente conmigo. No que haga todos los méritos posibles para expulsarme de sus adentros. 

Mis primeros pasos—o brazadas, mejor dicho—los di después de leer decenas de archivos en el PDA, el cual no es más que una base de datos que alberga ficheros de audio con pistas y un codex con información sobre la vegetación, los animales y los minerales del planeta en cuestión. Gracias a algunas pistas en dichos archivos—y a un poco de suerte al nadar en la dirección correcta—empecé a encontrarme con la trama y sus personajes principales. No sin antes pasar casi cinco o seis horas nadando en círculos, recolectando minerales sólo porque sí, muriendo ahogado un par de veces y asustándome con algún que otro ruido de ultramar. Mi única certeza durante las primeras horas era que no tenía idea de cómo proceder.

Puede sonar frustrante y ciertamente lo es. No saber qué hacer o dónde ir es desesperante, pero más aún lo es no saber dónde encontrar ese algo o alguien que te diga “tenés que ir por acá” o “necesitas este mineral para construir ese componente que te falta”. Es que la libertad lo es todo acá, para bien y para mal. A pesar de que el juego cuenta con varios modos de dificultad en los cuales varían las necesidades con las que vamos a tener que lidiar (por ejemplo, en el modo fácil los menesteres alimenticios no afectan a la supervivencia), esta sensación es igual para todos ellos. Casi siempre vas a estar perdido. En el mar. En la oscuridad. Sólo con tu propia compañía y la de un puñado de alimañas subacuáticas que—para mi infortunio—se hacían cada vez más grandes y similares a esas a las que temo desde la superficie.

Pero, a pesar de todo esto, me encontré disfrutando Subnautica Below Zero. ¿Cuándo? En el momento en el que me resignaba a encontrar por dónde avanzar y sólo me preocupaba por ver qué tan profundo podía bucear, cuántos extraños animales podía escanear para descubrir más sobre ellos o cuántos nuevos biomas descubría, sólo por el hecho de apreciar la belleza que los mismos destilan—incluso en Nintendo Switch. Algo así como cuando en algún GTA te cansás de la historia y jugás a encontrar el auto más rápido y alguna rampita copada para ver qué tan lejos llegás. El problema es que procediendo de esta manera el juego se vuelve perecedero mucho más rápido. Incluso en su modo libre, en el cual contaba con minerales, materiales y oxígeno ilimitado, en algún momento esa faceta de sandbox se hacía insípida, falta de desafío y otra vez la libertad extrema me volvía a pegar en la cara. 

¿Acaso necesito que me lleven de la mano? No. Pero si he de recorrer por horas los mismos terrenos, leer cada uno de los archivos que me encuentre o romperme la cabeza por horas pensando en dónde conseguir el plano para una celda de energía que me permita avanzar un suspiro en la historia, para luego encontrarme con una futura necesidad que me impida seguir avanzando, prefiero que esa experiencia me encuentre en tierra firme. Es decir, lejos de todos esos terrores representados por el concepto de la inmensidad y lo desconocido del mar. La libertad fue todo, tanto que ese todo quedó en la nada.


Germán Raffo

Periodista. Fundador de GitGud. Fanático de la obra y la mística de Hideo Kojima.

@germanraffo