De caballeros y convulsiones

Una reflexión sobre un aclamado juego de estrategia y la epilepsia

por Rocco Fregoti

Tiempo de lectura: 10 minutos

Es verano del 2018, principios de enero. Estoy jugando la campaña de Saladino en la copia de Age of Empires II que mi hermana me regaló. Hace un par de semanas completé como se debe la campaña de Juana de Arco, venciendo en el último escenario a pura fuerza militar y no a través de movidas escurridizas. Ahora apunto a la tercera campaña del juego original, la del señor de la guerra kurdo, quien venció a los cruzados por medio de la Yihad. Vencí Hattin hace poco—escenario complejo, irónico puesto que narra la victoria fulminante del sultán de Egipto sobre los reinos cruzados—y ahora estoy con la siguiente fase: El Asedio de Jerusalén. Aunque es fácil, lo más complicado es evitar que tus lanzapiedras rompan por accidente una iglesia. Mientras muevo mis caros, pero letales, mamelucos, siento levemente que mis ojos se desvían. Sin embargo, lo ignoro. ¿Qué podría ser, verdad?

A los pocos minutos, me están levantando aturdido del piso de mi cuarto. Mi cabeza me duele, como si mi cerebro estuviera calcinado. Lloro, asustado. Pero por sobre todo, mi consciencia no está funcionando como debería.

El Age of Empires II, junto a Pokémon Esmeralda, debe ser, sin lugar a dudas, mi juego favorito de todos los tiempos. No en términos poéticos, como me podría gustar Braid. En términos de juego. De mecánicas. Y al igual que con la franquicia de Game Freak, la saga de Microsoft y yo tenemos una larga historia. Estuvo en el amanecer de mi vínculo con el videojuego: mi viejo se compró los DVDs y me pasó la adicción. Pero mi gusto por la obra de estrategia en tiempo real es, digamos, específica.

No me gusta el modo competitivo. No le dedico más que una o dos horas a los videojuegos y para algo que demanda algún grado de talento, debería darle constantemente al juego para entrar y disfrutar de dicho modo. De esta forma, no sería exterminado por arqueros a los dieciséis minutos, por ejemplo. La única civilización con la que gané partidas competitivas es la que menos talento demanda: Coreanos. Paso uno: minar piedra. Paso dos: llenar todo de torres. Proteges tu base e invadís la ajena en el proceso ¿Qué trucazo no? Es el equivalente al campero de Counter.

No, me gustan las campañas, la sensación de estar emulando la historia. La saga Age of Empires es reconocida por introducir exitosamente la historia en el género RTS. Y es en el 2 donde esto florece en su esplendor. Por un lado, el primer Age es tosco, cuadrado, lento. Envejeció mal. Lo que está bien, es una obra vieja. Y el Age III, por lo visto, es considerado la oveja negra de la saga o, para sus fans, una obra infravalorada. Solo en las campañas uno puede simular la historia, y el problema del primer juego para con el segundo es que no jugás como nadie en específico. Lo hacés como civilizaciones en períodos milenarios (Egipto, Yamato, Grecia y Babilonia), pero la historia antigua tiene el problema de ser… oscura. Tiene menos fuentes para respaldarse por así decirlo. Por eso es comprensible que recién en Rise of Rome y en el caso de la mitad de la campaña griega haya historia y no una imaginación de la misma. Y sí, sé que es tan ficcional la campaña de los griegos en el primer juego como la de los Teutones en el segundo. Pero la diferencia está en que en este último yo siempre soy alguien: Federico Barbarroja. No es lo mismo interpretar un conjunto de naciones y polis durante casi un milenio y setecientos años que seguir el mandato conciso de un emperador. Incluso, cuando los personajes mueren en las campañas del Age of Kings, hay una lógica subyacente: liderás a sus compatriotas, sus compañeros de armas, quienes quieren inmortalizar el legado de su justo líder. Aplastás a los ingleses en Castillón porque Juana de Arco murió, defendés Valencia a capa y espada en honor al Cid, en un escenario que es la dramatización de la leyenda.

Pero la simulación va más allá de intentar mover una instancia histórica y volverla un nivel jugable. Digo, los diseñadores manipulaban mapas reales para crear escenarios de juego, muy pocas veces se quedaban en lo geográficamente factual. Sin embargo,  lo que se emula no es tanto la realidad terrenal, sino la sensitiva. ¿Qué importa más para entender la conquista de Genghis Khan y la horda huna de Atila? ¿La rectitud geográfica de las ciudades que saqueó o que pueda amasar masivos ejércitos de arqueros a caballo y asedio en el primer caso y caballería pesada en el segundo, para imponerse sobre mis enemigos con la misma superioridad que lo hicieron las hordas? Y no es sólo la sensación de fuerza, de imponer tu mandato como emperador. Age of Empires II puede simular bastante bien el pelear con todas en contra. Manzikert y Azincourt, adaptaciones de las batallas reales, sólo se pueden vencer a partir del talento de las unidades especiales del escenario: arqueros a caballo y arco largo. Quienes fueron soldados imprescindibles para vencer esas batallas en la realidad. Y la única forma de ganar es: atacar y retroceder, atacar y retroceder. Sólo en Manzikert tenés economía. La campaña original de Alarico el Godo es así: las tropas romanas son pocas, pero pegan como un elefante, así que siempre tenés que regresar a curar tus unidades o arriesgarte a perder. Porque no importa cuántos soldados obtengas, no podés contra un despliegue de legionarios así nomás.

En el tercer escenario de la campaña de Drácula, de la expansión Forgotten, El Aliento del Dragón, luchás al mando de las tropas valacas eslavas de Vlad Tepes. Los turcos te superan en números, aliados y recursos. Empezás con tropas baratasal final de cuenta sos el líder de una resistencia terrorista y guerrilleray si bien tenés muchos recursos, te pueden atacar por todos lados cinco enemigos. Nunca gané ese escenario, es intenso. Trunco, de hecho. Un sábado por la noche lo jugué y tuve mi segundo colapso.

A ver, cómo explicar una convulsión bien, para que quede clara. Lo primero es un aura. Tu cuerpo tiene descargas menores, mini convulsiones. Tus ojos se desvían, tu lengua o un labio realizan un movimiento brusco. Esos serían los primeros síntomas. También se va armando una sensación en tu cerebro. Uno no está consciente de sus órganos realmente. Es decir, uno los lleva consigo todo el tiempo, pero a menos que estés lleno hasta más no poder, que no hayas comido o algo te haya caído mal, vas a andar tranquilamente por la vida sin prestar atención alguna a tu estómago. Lo mismo con el cerebro: Con él hacemos todo, él controla todo, él posibilita todo, pero a menos que te duela la quijotera, no estás “sintiéndolo” de la misma forma que sentís la piel cuando estás tocando algo. 

Luego, viene el apagón. Como si se reiniciara de golpe la computadora. Simplemente ocurrió. Estabas consciente y ahora ya no lo estás. Como si te durmieras de golpe. Claro que en realidad lo que ocurrió fue que tuviste una descarga bioeléctrica en todo tu cerebro. Como las descargas eléctricas de tu cerebroen pocas palabras, ya que no soy neurólogoson las que movilizan tu cuerpo, tus músculos se mueven constantemente y con mucha fuerza. La primera vez que tuve una convulsión, le di con la frente al escritorio. En las tres, la mandíbula me aplastó la lengua. En la tercera, le pegué con la espalda a un ventilador (uno de esos pequeños que se paran sobre una plataforma) tan fuerte, que doblé el metal que lo sostenía y estuve con dolor de espalda varios días. 

Pero lo peor es como te deja la cabeza. De vuelta, tu cerebro acaba de recibir una descarga eléctrica. Es como tener fiebre, pero peor, más caliente aún. Y tu consciencia no funciona bien. Cogito ergo sum es una frase muy bonita, pero una epilepsia la pone en duda, haciendo que la mente sea una súbdita del cuerpo. De la carne que es la materia gris. No pensás bien. Es un estado alterado de la consciencia. Estás tan aturdido y adolorido que no podés moverte ni actuar. Hablás mal. No funcionás bien.

Si tuviera que explicar por qué me ocurrió esto justo en el Age of Empires II, sería porque es un juego que demanda mucho la atención, dependiendo del nivel. Sigue el patrón de ser exigente y no obtuso. Lo que está bien, es un buen diseño, un manejo notable de la dificultad. Y por un año, seguí jugando. Sin embargo, casi siempre que las cosas se ponían difíciles, las auras venían. Caminaba en un filo, en un borde en el que bien podría no pasar nada o bien podría caerme. Eventualmente dejé de jugar, al menos tanto como lo hacía antes. O con esa misma intensidad. Me lastimaba, asustaba a mi familia un poco y es sólo un juego, al final de cuentas. Empecé un tratamiento médico que consiste en levantar la defensa neuronal para con la epilepsia. Cuando termine el tratamiento, quizá considere empezar a jugar la Edición Definitiva, con sus campañas editadas, sus gráficos mejorados y sus cuatro nuevas civilizaciones. Pero hasta no recibir el visto bueno doctoral, no creo que vuelva al modo de juego que tenía antes.

No obstante, de ese período post convulsión tengo muy buenos recuerdos. Victorias excelsas que, en cierta forma, me hacen sentir algo parecido al orgullo. La campaña de los bereberes y de los portugueses del African Kingdoms se me vienen a la mente, seguidas cercanamente por las campañas godas e italianas del Forgotten Empires. Las dos primeras por el sentimiento de fantasía de poder imponerme militarmente. Témele a mi caballería mora, caballero franco; a mi armada ibérica, sultán hindú. Y en las segundas, por lo contrario, sobrevivir con lo que tengo. Curar mis baratísimas tropas antes de todo enfrentamiento, porque si no me hacen papilla, o tener que esperar a recaudar el suficiente oro para comprar mercenarios. Ganar por supremacía versus ganar por supervivencia. Ambas implican estar sobre algo. 

El temor a la epilepsia estaba allí. Silencioso, como una nube oscura esperando al rayo que desate la tormenta. Pero si bien tenía miedo a herirme, también me había acostumbrado un poco a las auras. Lo suficiente como para detectarlas y decir “bueno, guardemos la partida y a otra cosa mariposa”. Sin embargo, como preocupaba a mis seres queridos, decidí dejarlo y empezar el tratamiento. En retrospectiva, creo que le agregaba algo a la experiencia de juego. Por un lado, porque la amenaza cercana de perder la consciencia me hacía un jugador más conservador con mi tiempo, apurado por vencer o al menos avanzar lo suficiente. Pensar las cosas más cuidadosamente, construir mejor, hacer más aldeanos y organizar mejores ejércitos. 

Y por el otro, ¿qué tal si esto es lo más cercano que puedo llegar yo a la simulación de conflicto con el Age of Empires II? La guerra medieval era sanguinaria y carísima en términos humanos porque, con la pésima medicina que había, si te herían gravemente simplemente te sacaban de la miseria. La pelea era cuerpo a cuerpo, así que partirse los huesos y rasgarse la piel y la carne eran moneda corriente. Me encuentro hoy día con la siguiente reflexión: Considerando que en el Age of Empires II uno tiene que amaestrar el control de la situación para superar el riesgo e imponerse militarmente para ganar, y que el esfuerzo extra que pone un escenario exigente hace que la victoria sea mucho más recompensante, ¿es extremo de mi parte decir que, si no fuera por una leve sensibilidad superior a la luz, no sentiría al Age of Empires II de la misma manera, una en la que el riesgo se encarna, pasando de lo virtual a lo físico?


Rocco Fregoti

Estudiante de filosofía de Puan. Entusiasta de metafísicas viejas y zurdo deprimido.

@fregoti