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Likes y aislamiento en Death Stranding. Un diálogo entre Kojima y Byung-Chul Han

Likes y aislamiento en Death Stranding. Un diálogo entre Kojima y Byung-Chul Han

Ríos de petróleo, castigados por una lluvia que no escampa. Multitudes de flores nacen y mueren en cuestión de instantes. Llantos de bebé. Lágrimas. El líquido se desplaza en búsqueda del cuerpo, que lucha por avanzar mientras carga un peso descomunal. Trastabilla, se tropieza con una piedra. Un grupo de seres inhumanos nace de la marea negra y lo arrastra hacia su interior, que se expande para inundar por completo el terreno observable. Forcejea, pierde el control de su respiración. De pronto, alcanza a estirar un brazo para tomar y arrojar lo que lleva en el extremo derecho de su cadera. Una bomba compuesta por fragmentos de su propia vida detiene momentáneamente el avance de la muerte y estalla dejando un rastro de sangre. Se acomoda la mochila y continúa un camino que le deparará kilómetros en los que no parece haber nada más que montañas, ríos y hierba.

La vida, la muerte, lo individual y lo colectivo son ejes conceptuales que atraviesan Death Stranding (2019). Hideo Kojima, el creador de este videojuego, nos presenta un mundo devastado, donde las conexiones parecen haberse reducido a vínculos funcionales: cables, escaleras y rutas precarias apenas sostienen a una humanidad fragmentada. En este paisaje desolado, los seres humanos se aferran a su aislamiento, encerrados en búnkeres individuales donde las pantallas son la única forma de contacto con el exterior; un territorio en el que reina una muerte invisible a los ojos de la mayoría.

 

Captura de Death Stranding con Sam de frente y el escenario detrás.

Sam Porter Bridges —nuestro protagonista— es el único capaz de atravesar este mundo gracias a una conexión única con su BB; una máquina-bebé enchufada a su equipo a través de un cordón umbilical ciberorgánico que detecta la presencia de entidades sobrenaturales conocidas como BT. En esta realidad, existe un fenómeno que genera que el alma de las personas no se separe de sus cuerpos al fallecer. Si el alma se reencarna en el cadáver, se produce una BT. Estas, al interactuar con un humano, provocan vacíos: explosiones masivas que destruyen todo a su alrededor.

Con ayuda del BB, Sam transporta paquetes esenciales y busca que las personas acepten conectarse a la red quiral, un sistema avanzado de comunicación que intenta restablecer algo similar a un internet global. Su misión es unir a las regiones dispersas bajo los Nuevos Estados Unidos de América, recorriendo el país desde la costa este hacia la oeste para evitar la extinción de la humanidad.

En esta obra, Kojima propone la falta de conexión entre los humanos como símbolo que anticipa el fin de la existencia. Solo por medio del trabajo incansable de Sam puede haber una esperanza de reconectarse en este mundo donde las personas consumen oxitocina para paliar el estrés y la ansiedad provocado por la falta de contacto humano.

Esto nos acerca a lo que plantea el filósofo surcoreano Byung-Chul Han en su ensayo En el enjambre (2014), donde analiza cómo la hiperconexión digital transforma nuestras relaciones humanas y políticas, generando un «enjambre» de individuos aislados y reactivos, en el cual la comunicación viral reemplaza la reflexión y el sentido de comunidad.

Percibimos la sensación de que estamos más conectados por tener con un solo click la posibilidad de ver el curso de las vidas de otros en historias de Instagram, pero sin embargo, esto se torna en una simple ilusión agradable cuando finalmente logramos ver que esta creciente expansión de la red lleva a la disolución de la esfera privada de las personas, lo cual no fortalece a la sociedad, sino que la fragmenta y la somete a una dinámica de ruido y superficialidad.

Construimos un personaje con lo que creemos mejor de nosotros mismos y lo exponemos diariamente, intentando tapar lo que nos avergüenza. Perdemos el tiempo viendo el show de sí mismos que hacen los demás y nos quedamos pensando en que si no tuvimos los suficientes likes o respuestas, no valemos la pena. Mientras que en Death Stranding la conexión digital se presenta como la única posibilidad de reconstruir los lazos sociales, en nuestro mundo ocurre lo contrario.

Se trata de un presente continuo en el que las ideas a mediano o largo plazo no encuentran cauce. El horizonte de sentido es hoy; aquí y ahora. Consumimos  contenidos fugaces que no recordamos al día siguiente, ya que no nos invitan a reflexionar ni expanden nuestro conocimiento del mundo. Todo este accionar únicamente para conseguir momentos de respiro y evasión en un contexto donde debemos trabajar cada vez más para mantener un nivel de vida que progresivamente se nos dificulta sostener. Parece una pausa, pero… ¿realmente estamos descansando si no sólo medimos nuestro rendimiento laboral y académico, sino que también lo hacemos con nuestra performance en redes sociales?

 

Captura de Death Stranding. Sam manejando una moto.

La presión por alcanzar el éxito individual ocupa todas las dimensiones de expresión de nuestro ser: ir al gimnasio y levantar más peso, correr más kilómetros, comer más sano, conocer más países, tener relaciones sexuales con más personas, tener más seguidores, consumir más cultura: ser más productivos, más eficientes y más felices. Han lo denomina “hedonismo de control” (Han, 2010), un sistema donde el placer y el disfrute se han convertido en obligaciones. Nos sentimos forzados a disfrutar, a ser felices, a vivir al máximo, pero las únicas opciones para hacerlo las encontramos a partir de la explotación de nosotros mismos.

Ya no se trata de una sociedad de control como la que observaba Foucault  a mediados del siglo XX, donde la escuela y la fábrica moldeaban sujetos ideales (Foucault, 1975): hoy la búsqueda genuina por ser individuos únicos y distintivos es lo que nos empuja a reproducir el sistema tal como es. Nadie nos lo tiene que andar enseñando; es un leitmotiv que ya se hizo cuerpo. Todos nos hacemos la pregunta sobre qué podemos hacer para “pegarla”. No por nada los libros que más venden son los que enseñan técnicas para dominar el presente y ser más exitosos reprogramando nuestro cerebro: responden directamente a la necesidad de rendir más.

Parece que algo de esto estaba viendo Kojima cuando pensó algunas de las mecánicas del videojuego. Vamos con la primera: los likes. En nuestro camino por reconstruir el país, completaremos tareas entregando paquetes de una parte a la otra. Siempre que las terminemos, recibiremos una evaluación a partir del peso que llevamos, el tiempo que tardamos y el estado del paquete, entre otras cosas. Al principio nos alegraremos tras escuchar los simpáticos sonidos que hace cada like que recibimos, sin embargo, conforme pasen las horas de juego podremos ver que esta interacción no servirá para nada más que sentirnos validados por quien recibió el paquete, parodiando nuestra situación con las redes sociales.

Por otro lado, mientras en nuestra realidad la lógica de interacción en Twitter favorece la polémica que concentra usuarios anónimos que se dedican a vomitar odio, Death Stranding nos propone una manera distinta de conectarnos online.

A medida que avancemos en la entrega de pedidos, deberemos cruzar ríos y escalar montañas para llegar a cada uno de nuestros destinos. Para hacerla más fácil, podremos construir escaleras, instalar tirolesas, cuerdas —entre otras cosas— con los materiales que encontremos en nuestro camino. Lo interesante es que compartiremos el mundo de manera asincrónica con otros jugadores del título, por lo que las instalaciones que hagamos no solo nos servirán a nosotros, sino que también ayudarán a otros desconocidos. Algunas estructuras como las rutas o los puentes —que dan una ventaja impresionante— solamente serán posibles si colaboramos con materiales y logramos que otros jugadores también lo hagan. Las instalaciones más útiles recibirán más likes y esto las sostendrá en pie, mientras que las estructuras que no sean apoyadas por otros jugadores perecerán frente a la lluvia ácida con el paso del tiempo.

Además, si se larga a llover y se nos complica llevar un paquete pesado, podremos dejarlo en el suelo y otro jugador podrá terminar la tarea por nosotros, sin siquiera conocernos. Esta mecánica nos da la posibilidad de comprender la colaboración comunitaria como una dimensión fundamental de las capacidades que puede ofrecer internet, una oportunidad que hoy queda cada vez más tapada por otras lógicas de uso. Pienso en los viejos foros como Taringa!, donde se compartía conocimiento sobre todo tipo de temas o en iniciativas colectivas como las wikis, tan fundamentales para videojuegos como los de la saga Souls, en los que sin la experiencia compartida por otros jugadores, estaríamos mucho más perdidos. Son rastros de una red donde primaba la colaboración entre desconocidos más que el show de personalidades.

 

Captura de Death Stranding. Sam parado al lado de un puente sobre un lago.

Si Han nos invita a ir más allá del enjambre actual, construir conexiones genuinas y redes de colaboración entre las personas, establecer un “nosotros” más que un “yo”… ¿Qué propone Kojima para recuperar la humanidad? En el mundo de Death Stranding, toda la esperanza de salvación reside en la capacidad de Sam para atravesar el país con ninguna compañía más que su BB.

Reflejando la sobrevaloración de las capacidades del individuo aislado en nuestra sociedad actual, la transformación del estado de cosas está depositada en las posibilidades de un héroe individual. Más allá de su narrativa en pos de recuperar la conexión entre las personas, el mito liberal no queda fuera del marco teórico que subyace a esta obra. Así como hoy las figuras de mesías salvadores se posicionan como las más exitosas en el horizonte de las aspiraciones políticas, en esta obra no hay colectivos que valgan, solo individuos desconectados que creen necesitar un héroe para restaurar el equilibrio.

Poco a poco y gracias a los avances de Sam en la construcción de la red quiral, las personas vuelven a enviarse emails, a hablar entre ellas y a compartir sus deseos y sus conocimientos, pero nunca a salir de sus búnkeres. No aspiran a construir un futuro colectivo porque han dejado de pensarse como comunidad. La conexión que promete la red quiral es apenas funcional: un flujo constante de información que no alcanza para reconstruir los lazos rotos. ¿Es posible realmente reconstruir una sociedad fragmentada mediante el esfuerzo de un solo individuo? Sin una transformación colectiva, parece complicado.

Hoy vivimos algo similar. Sabemos mucho sobre los demás: dónde trabajan, qué estudian, qué consumen, con quiénes están. Tenemos datos, patrones, perfiles completos. Y, sin embargo, esta aparente cercanía es solo una ilusión. Como con nuestra piel, tocamos la superficie de lo ajeno, pero nunca llegamos a encontrarnos de verdad. Cada interacción se queda en la textura de lo inmediato, mientras los tejidos más profundos —los que hacen posible un «nosotros»— permanecen desconectados.

Mientras Sam recorre kilómetros para entregar un paquete esperando que la persona que lo reciba acepte conectarse a la red, nosotros deslizamos nuestros dedos sobre pantallas, creyendo que un like o un comentario nos acercan a los demás. Pero, en realidad, ¿no estamos simplemente consumiendo oxitocina digital para lidiar con nuestra soledad?

Ante esta realidad, quizás sea hora de preguntarnos qué alternativas concretas tenemos para que prevalezcan los vínculos genuinos, más allá de la ilusión digital. No creo que haya que escapar de Internet y alejarse de la tecnología, ni tampoco entregarse a lo que es, lamentándonos cada tanto. Prefiero quedarme con el hecho de que en Death Stranding se usa la red, pero de otra manera: es su oportunidad para compartir conocimiento la que prevalece y permite que los vínculos sociales se desarrollen. Si estoy solo, aislado o incomunicado, me encierro en mis saberes y me limito solamente a mi experiencia. Mi marco conceptual es absoluto y no hay nada que me desafíe.

Pienso que mucho de esto se refleja en el funcionamiento de los algoritmos de las redes sociales que predominan en la actualidad: éstas nos muestran contenidos que no contradicen lo que pensamos y nos devuelven un reflejo de nuestros prejuicios, lo que nos empuja a creer que tenemos la verdad absoluta. Por supuesto, la tecnología no es neutral: su diseño moldea las formas posibles de vinculación.

Pero podríamos rescatar otros usos posibles de la red: habría que recuperar el anonimato, la curiosidad y la pulsión por compartir conocimiento que caracterizaban a la web antes de su monopolización por plataformas diseñadas para el espectáculo del yo. Se trata de constituir redes de pensamiento más que redes de validación. Porque solo a través del diálogo —con otros, con lo distinto, con lo desconocido— es posible construir un verdadero sentido.

La pregunta que queda entonces es: ¿cómo reapropiarnos de la tecnología para volverla una herramienta de fortalecimiento de la comunidad, en lugar de un dispositivo de aislamiento?


Referencias

  • Han, B. C. (2014). En el enjambre. Herder Editorial: Barcelona.
  • Han, B. C. (2010). La sociedad del cansancio. Herder Editorial: Barcelona.
  • Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Siglo XXI Editores: Buenos Aires.

por Facundo Minervino