GitGud
Editoriales

Going Under nos libera de la mazmorra

Una experiencia que expone pequeñas grietas de un sistema que moldea al mundo

Going Under nos libera de la mazmorra

Atención: El artículo contiene spoilers de la campaña de Going Under.

Horas extras impagas. Trabajo no registrado. Sueldos desactualizados a la economía actual. Hay muchas prácticas laborales que sabemos que están mal, pero que aceptamos de todos modos, probablemente porque somos conscientes de lo difícil que es conseguir un trabajo en medio de una crisis (en otras palabras, no nos queda otra). Sin embargo, ninguna persona (léase empleador) debería abusar de esta situación.

En medio de caóticos tiempos en los que cuesta tanto ser contratado en un empleo con buenas condiciones laborales, el equipo de Team17 lanzó Going Under, un videojuego que se aferra al conocido género de mazmorras para levantar el puño y exponer las innumerables grietas del sistema en el que estamos inmersos.

El videojuego nos presenta a la todopoderosa Cubicle, una empresa que subsidia a las pymes más innovadoras del mundo, como Fizzle, que logró producir una bebida para satisfacer dos necesidades: el hambre y la sed. Nosotros visitaremos Fizzle a través de Jacqueline, una joven becaria en su primer día de trabajo en la compañía de bebidas.

Nunca te adentres en las profundidades de…

En la introducción a la campaña de Going Under, Cubicle expone su filosofía a través de una cinemática amigable, hasta que en un momento asoma un mensaje turbio: “Vamos a repasar las reglas más básicas de tu periodo de prácticas” anuncia el video. “En primer lugar, nunca, bajo NINGÚN concepto, te adentres en las profundidades de…”. Antes que podamos escuchar la advertencia, el jefe de Jacqueline interrumpe la sesión.

Ansiosa por arrancar su primer día en Fizzle, Jacqueline se cruza con un monstruo correteando en el lobby. Sin que se le mueva un pelo, su jefe le pide asesinarlo: “Bueno, no podemos celebrar reuniones con ese bicho correteando por la oficina… Así que vas a tener que hacerme un favorcín de nada… y matar a ese monstruo por mí” dijo. “¿Matar? ¿A un monstruo?” respondió la becaria. La primera tarea de Jacqueline es extraña, pero la joven está dispuesta a hacer lo posible para dar una buena primera impresión.

Por supuesto, jamás podría suceder que entre las tareas iniciales de un becario se encuentre asesinar a un monstruo, pero más allá de ser un ancla para los combates en mazmorras (y que estamos hablando de un videojuego, por supuesto), el hecho de que Jacqueline aceptara el encargo sin quejarse es una actitud que muchos jóvenes adoptan en sus primeros empleos. Y es entendible: todos quieren dar una buena primera impresión. El problema surge cuando los empleadores abusan de la inexperiencia, ilusión y entusiasmo de los juniors. En Going Under, justamente, seguimos a Jacqueline en sus primeros pasos en Fizzle con un puesto ad-honorem y el firme objetivo de adquirir experiencia laboral. Las ganas de aprender están en primera línea, de eso no hay duda, así que, ¿qué podría salir mal? (Spoiler: todo).

El enigmático monstruo escapó de una puerta la cual lleva a una pyme clausurada… y que ahora es mazmorra. ¿Cómo es esto? Resulta que las empresas que no alcanzan la productividad necesaria dejan de recibir fondos de Cubicle. Momento en el que las oficinas se transforman en mazmorras, con jefes siendo jefes, y empleados siendo esbirros.

Primera mazmorra: Joblin, desarrolladora de aplicaciones para smartphones

Las empresas buscan productividad, obtener beneficios al menor costo posible y contratar la menor cantidad de empleados que sean eficientes, proactivos y que no causen problemas. Las personas son un número más, un sujeto desechable en la jerarquía.

En el peor de los casos, el jefe busca cumplir sus objetivos empresariales instalándole a sus empleados una meritocracia de cartón. Jornadas extendidas, horas extras sin aviso previo, y todo para aumentar un 5% de productividad. Los empleados deben “ponerse la camiseta”, trabajar para el bien de la marca, mirar al que tienen a su lado y saber que lo que hacen, es por el bien de todos (o de unos pocos).

La primera mazmorra son los restos de Joblin, una pyme que desarrollaba aplicaciones para smartphones. Allí nos esperan monstruos vestidos formalmente que corren torpemente dentro de oficinas modernas con mesas de ping-pong, computadoras de escritorio y plantas simplemente decorativas. Estas bestias harán lo posible para derrotarnos, pero con Jacqueline podemos usar cualquier elemento del escenario para vencerlos: una engrapadora, una silla de oficina, un monitor, un lápiz o esa planta que mencionamos y que realmente no le gusta a nadie.

Luego de luchar en la pyme de Joblin, llegamos al jefe final de la mazmorra que curiosamente resultó ser el jefe de la empresa. Se trata de un tipo adicto al café, y obsesionado con la falta de productividad de sus empleados. Uno de sus planes consiste en inclinar 45° la tapa del inodoro para que el personal no tarde más de cinco minutos en hacer sus necesidades (basado en hechos reales). Para todos los que en algún momento tuvieron que sufrir la presencia de un jefe exigente, deshumanizado y estafador, lo mejor que pueden hacer para desahogarse es derrotar al jefe de Joblin.

Este primer contacto con Going Under me despertó los peores recuerdos que me llevé de una farmacia en la que trabajé un par de años. El jefe, dueño de tres sucursales, tenía a sus empleados sin registrar (mal dicho: “en negro”) y nos hacía trabajar más de 60 horas semanales (de lunes a lunes, feriados incluidos) con un descanso cada tanto, sin pagar ninguna de esas horas extra (en farmacia se trabajan 45 horas semanales, de lunes a sábados, por lo que serían 15 horas de más… todas las semanas).

Las condiciones no solo eran injustas por el lado de las horas laborales adicionales, sino también por las remuneraciones. Los sueldos estaban muy por debajo de la media del resto de farmacias. Algunos de mis compañeros expresaban su disconformidad (otros empleados defendían al dueño porque “al menos es copado”), pero el jefe siempre encontraba una excusa para disfrazar su abusiva gestión. “No se pueden aumentar los sueldos ahora” decía. “A no ser que quieras trabajar más horas” agregaba (no irónicamente).

Levantarse a las ocho de la mañana para arrancar una jornada de once horas impagas un domingo es una de las tantas injusticias que viví en ese trabajo y, lamentablemente, estoy seguro de que hay muchos jefes parecidos en miles de empresas y fábricas del mundo. A pesar de que me fui de ese lugar, las ganas de soltar una cascada de exabruptos en su cara me quedaron ardiendo en los pulmones. Sigo apretando los dientes con fuerza cada vez que lo recuerdo. Sin embargo, derrotar al jefe de Joblin me presentó un momento de catarsis necesario.

Segunda mazmorra: Styxcoins, ¿el dinero del futuro?

Ahora, hablemos de la segunda mazmorra que Jacqueline exploró a pedido de su jefe como parte de otro “pequeño favor”. Styxcoin, una empresa de criptomonedas que alcanzó la quiebra como Joblin.

En algún momento habrás escuchado o leído algo sobre las criptomonedas. El Bitcoin, por ejemplo, que promete muchísimos beneficios frente al dinero físico que usamos hoy en día. También habrás leído o escuchado algún economista de dudosa procedencia que asegura que las criptomonedas son el dinero del futuro. ¿Por qué?

Si hay algo que parece caracterizar a las criptomonedas es que existen por especulación. El mejor caso es el Bitcoin, una criptomoneda que aumenta su valor (y por consiguiente el de tu billetera virtual) cuando más gente invierte en ésta. Cuando sube unos dólares, surgen varios artículos de medios de “economía digital” con 1001 motivos para invertir en bitcoins. La gente se confía e invierte, y el Bitcoin se eleva. Pero todo lo que sube… baja. De un momento para el otro, los que están conformes con sus cifras sacan el dinero. El valor cae, y la billetera digital se desinfla. 

En 2017, por ejemplo, cientos de personas se subieron a la inversión de Bitcoins. Transferían 20 dólares y en unos meses encontraban 200 dólares en su cuenta. Pero la especulación y la desconfianza de la gran mayoría de usuarios llevaron a que todos retiren su dinero a una caja de ahorro común. El Bitcoin cayó en picada, y solo los más rápidos del oeste digital pudieron sacar alguna ganancia.

Styxcoins, la segunda mazmorra de Going Under, es una empresa de criptomonedas con un diseño ambiental perfecto. El entorno es una mina de oro, pero en vez de oro hay servidores para realizar minería de criptomonedas. ¿Y los empleados? Mineros, por supuesto, con un pico listo para extraer las “riquezas digitales”. 

En las mazmorras de Going Under podemos recolectar dinero que nos sirve para comprar distintos objetos y mejoras en tiendas específicas. Pero específicamente en Styxcoins encontramos una tienda que vende productos a cambio de criptomonedas. El videojuego nos permite convertir el dinero común a styxcoins, pero al hacerlo, notaremos que el valor de las criptomonedas se desploma, lo que provoca enormes pérdidas de dinero (inversión en vano).

Cuando completamos la segunda mazmorra, Jacqueline vuelve exhausta a las oficinas. La joven le reclama a su jefe que el trabajo realizado no figuraba en el contrato (¡fue contratada para marketing!) y que está segura que Fizzle viola algún derecho laboral o en todo caso, algún derecho humano. Su encargado le responde “¡No me digas que te crees todo lo que lees en internet!” y le pide adentrarse en una nueva mazmorra. (Por supuesto, este señor tiene su merecido en algún momento de la campaña de Going Under).

Tercera mazmorra: Winkydink, citas virtuales a través de berenjenas y duraznos

La última mazmorra presenta una decoración erótica con sillones en forma de corazón, luces cálidas y monstruos vestidos de diablos. Se trata de una empresa que desarrolló una app de citas virtuales, pero con un chat en el que las parejas solo podían conversar a través de emojis. Nada más acertado en nuestros tiempos.

Un personaje secundario de esta mazmorra se divierte observando cómo los hombres se la rebuscan para pedirle tener sexo con emojis, “¡Son muy creativos!” menciona. Y como Going Under no te deja indiferente, uno de los objetos disponibles como arma es una Berenjena gigante. Ahora, ¿por qué usamos la berenjena y el durazno con fines eróticos?, ¿en qué momento pensamos que sería una brillante idea sexualizar una verdura o una fruta?

La comunicación a través de chats mutó con el paso de los años. Comenzamos enviando palabras en pantallas sin colores, fusionamos algunos signos para formar caritas, y posteriormente añadimos emojis a las conversaciones. Hoy en día, los GIFS, memes, videos, stickers estáticos o animados, audios y otros elementos virtuales son súper comunes las charlas virtuales, y salvo algunos casos puntuales (un grupo de trabajo o académico), podrían ser indispensables.

El hecho de que hayamos juntado los “dos puntos” con el “paréntesis cerrado” para expresar una carita feliz, es porque las palabras no eran suficiente para transmitir la emoción de felicidad: “Me alegra mucho lo que decís” genera un impacto distinto cuando le añadimos una “carita feliz”. Incluso es un emoji que se presta perfectamente para la ironía: “Te deseo lo peor. :)”. A veces, la carita puede reemplazar una frase entera.

Y si teníamos la necesidad de usar los signos ortográficos para expresar una emoción, era bastante esperable que usáramos algunos emojis para evitar las palabras a la hora de expresar un deseo íntimo. En el contexto adecuado, la berenjena indica que hay alguna inquietud sexual rondando. Un emoji dice más que mil palabras, ¿no?

Si la tercera mazmorra de Going Under te ruboriza como a mí cuando se burla del uso de las berenjenas y duraznos para sextear, es porque “le dio a la tecla”. Sin embargo, también podríamos encontrarle una segunda lectura, más bien crítica a las relaciones virtuales.

Más allá del contexto actual en el que debemos alejarnos de nuestros seres queridos por una cuestión de salud, es más frecuente que las relaciones humanas se desarrollen a través de pantallas, con chats que se disfrazan de charlas y videollamadas que envían un beso pixelado. La comunicación se puede lograr por medio de dispositivos como smartphones, computadoras o tablets, y tranquilamente nos puede brindar la sensación de cercanía que muchas veces necesitamos. Chatear o hablar en WhatsApp sigue siendo socializar, pero se pierden partes esenciales de la comunicación como las gesticulaciones—movimientos corporales, tonos de voz—o los mismos abrazos, una expresión de cariño que reemplaza toda palabra, imagen, emoji, sticker y GIF para demostrar lo mucho que queremos a alguien.

Última mazmorra: La vida misma

Los niveles de Going Under son representaciones de prácticas que internalizamos hasta hacerlas partes de nuestra cultura. Pequeñas grietas de un sistema que moldea al mundo.

Creo que los casos más claros están en las dos primeras mazmorras. La primera, Joblin, que representa los empleos con pésimas condiciones laborales y los jefes que se ríen en tu cara cuando le pedís un aumento, y la segunda, Styxcoins, que critica a los economistas especuladores que desesperan a las personas y las llevan a cometer errores con sus ahorros. 

Por su lado, la tercera mazmorra, Winkydink, nos incomoda con el uso diario que hacemos de los emojis para expresar inquietudes amorosas u otras emociones. Sin embargo, se asoma un segundo discurso, quizás un poco eclipsado por el primero, que nos recuerda que la comunicación a través de la pantalla nos puede acercar a las personas, pero nunca de manera completa.

En los créditos de Going Under sentí que, a través de sus tres mazmorras, y poniendo la lupa en los errores del sistema, el videojuego logró que cuestione muchas prácticas comunes en la realidad. 

Usando la estructura de dungeons como analogía, la mejor manera de buscar un cambio en nuestro mundo es a través de una lucha constante que traerá muchos tropezones, esbirros que negarán el progreso hacia una vida mejor, y jefes finales que jamás darán la cara hasta que sientan que les “movimos el piso”. Liberarse de esta hipotética mazmorra no es fácil, está claro. Pero si bajamos los brazos, estos indeseables monstruos seguirán accionando un sistema que, claramente, debe modificarse urgentemente.

por Miguel Medina